“¡NI BOLONIA, NI HOSTIAS!” UN MOVIMIENTO INCOMPRENDIDOTodo buen español, como todos los buenos españoles saben, debe protestar haciendo uso de una tradicional fórmula de refranero. Un ejemplo: un viejo encaramado a la puerta de un bar de la calle Atocha gritando “Viva España” furioso y riendo de manera epiléptica. Delante de él una oleada de pancartas desciende por la vía. Lemas del tipo “Queremos becas, no hipotecas”, “Anticapitalistas”, “Manos arriba, Bolonia es un atraco”,… El viejo parece no enterarse, la mayoría de los viandantes tampoco. Una mujer pregunta a un Policía. Nadie sabe lo que se reivindica esa tarde, allí mismo. La expectación que causa la audición de enunciados no registrados en los irrisorios refranes populares es alucinante. Una manifestación contra la reforma universitaria, definitivamente, no está a la altura del buen español.
El sábado 9 de Mayo la concentración arranca desde el Ministerio de Educación. Banderas republicanas e insignias sindicales se alzan entre paneles de plástico manuscritos. Un grupillo de jubilados se integra en la comitiva. Afirman que “la reforma no ha sido democrática”. Miran alrededor escrutando a los relativamente pocos manifestantes que se han decidido a acudir. Una mujer mayor masculla entre dientes: “la juventud es menos revolucionaria, se ha derechizado”. Ellos, que han visto a masas enteras moverse al mismo son, no entienden la falsa seguridad conformista en la que viven las nuevas generaciones. “Cuando un joven dice que quiere ser funcionario es que algo no funciona”.
Se podría decir que el Movimiento Antibolonia tiene unos ocho o nueve años de vida, existe desde que se comenzaran a anunciar los primeros planes de reforma. Sin embargo, el discurso de protesta experimentó un giro hace aproximadamente un año y medio. Guillermo es un afiliado de CNT, sindicato que colabora con las asambleas estudiantiles de las diferentes universidades a la hora de actuar a través de pronunciamientos como el del 9 de Mayo. Guillermo niega cualquier aparente relación entre la radicalización de la actuación reivindicativa y una crítica al actual gobierno que pudiese favorecer al Partido Popular. “Si las quejas se han acentuado y han adquirido una exteriorización física más drástica es por lo urgente de la actual situación”. Al frente del bloque de manifestantes de CNT y gesticulando con el megáfono que antes usaba para arengar, Guillermo recuerda los encierros de Diciembre de 2008 en la Facultad de Filosofía de la Complutense como el preludio de lo que, parece, está siendo la traca final a apenas unos meses de la instauración definitiva de la Reforma. A las siete de la tarde las aceras de la Plaza de Jacinto Benavente son el lugar idóneo para disfrutar de la manifestación. Los que hasta entonces paseaban despreocupados hacen las veces, ahora, de observadores interesados o aturdidos. Desde fuera y sin la información pertinente, los madrileños que pasaban por allí contemplan la comitiva como una excentricidad ajena, una ruidosa procesión sin pies ni cabeza. “¿€ducar €sclavos?”, “Por un aprendizaje libre”,… suena sin remedio a chino. Algunos, los más sinceros, reconocen que “el no saber de que va la cosa provoca que no halla unión de ningún tipo”. Manuel que abraza a la que, se adivina, es su atónita esposa, termina por concluir que “el problema es que en España somos poco solidarios. Nuca nos preocuparemos por averiguar en que consisten las quejas de esta gente. Es triste, pero es la realidad”.
Si Manuel se dirigiese a Guillermo, éste le narraría con mucho gusto los principios fundamentales de la protesta. El activista de CNT, que responde al perfil prototípico de hippie y dispone de una capacidad de oratoria fascinante, no dudaría en citarle esos tres relevantes motivos: la supeditación de la investigación universitaria al capital, el modelo elitista que se pretende implantar y la reforma laboral precaria que Bolonia conllevaría. Que “Bolonia no es más que la punta del Iceberg” y que “la lucha contra Bolonia pasa por luchar contra el capitalismo” son opiniones que comparten un gran porcentaje de los manifestantes. Entre ellos Juventudes Comunistas que, portadores de las polémicas banderas republicanas, han sacado a pasear a los perros. Algunos de sus miembros, presentes en la movilización, guían a cinco canes con correas. Sara, mientras sujeta la pancarta de las JC que dice “Ni Lou, ni Bolonia”, la ha emprendido con duros correctivos verbales contra los medios de comunicación que “ocultan la información”.
“Comentaban que iban a ser 10.000, pero no son tantos ni de coña”, advierte uno de los policías que vigila la manifestación. Otro compañero suyo le requiere llamándole “jefe”, pero él continúa hablando de sus impresiones: “No sé que reivindican, tampoco te creas que me importa”. Mastica un chicle invisible y de vez en cuando echa un vistazo detrás, para comprobar que los dos furgones siguen ahí. “No creo que sean estudiantes los que hay aquí”, “hasta ahora todavía no ha ocurrido nada, pero espérate. De estos no te puedes fiar”. Las últimas palabras las pronuncia despacio, cuando desde lo alto de un edificio de Atocha dos escaladores improvisados despliegan una larga sábana: “CULPABLES, CRISIS, PARO, PRIVATIZACIÓN, MERCANTILIZACIÓN”. Nuevos cánticos y aplausos acompañan la aparición, el policía se acerca corriendo. A Sara le gusta afirmar que los de Juventudes Comunistas colaboran “con las asambleas porque el objetivo es común” y, como complemento de lo que aquellos jubilados argumentaban, precisa que con los jóvenes estudiantes “la concienciación funciona, otra cosa es la movilización”. Una escuadra de payasos que acaban de irrumpir en la manifestación declara, por su parte, que “la movilización está llegando a los institutos” y que “las huelgas en las universidades han sido secundadas por un 90% del alumnado”.
Cerca de la glorieta de Atocha, los que conforman el Cordón de Seguridad desvían a los manifestantes hacia la Plaza Reina Sofía. En unos minutos tendrán lugar las denominadas “Clases en la calle” justo enfrente del Museo. La marea humana abandona Atocha por uno de sus costados. En la calle ya sólo quedan la policía y, más retrasados, los trabajadores del Servicio de Limpieza Urgente. Mientras elimina con un gran cepillo cualquier rastro de la reivindicación, Juan exclama: “¡no sé porqué los jóvenes están protestando, pero por lo menos ensucian poco, mucho menos que en las manifestaciones de los peperos, que son unos guarros!”. A las 21:15 Antonio y Ángel arrancan con el discurso acerca de la sanidad. Desde el monolito de la plaza, los dos activistas de la CAS (Coordinadora Antiprivatización de la Sanidad) critican la evolutiva pérdida de un servicio de salud público. Después le llega el turno a Xavi (de la “Plataforma en defensa de la filosofía”) y a Eva (de CCOO) que dialogan con el público compuesto por los manifestantes sobre la actual situación de la educación. Otras tres “Clases en la calle” cierran el acto: se habla de los transportes públicos, del medio ambiente (Ecologistas en acción) y, por último, de la vivienda. Poco antes de las diez la concentración se dispersa, las pancartas se pliegan y la voz de la protesta se vuelve tenue e íntima. En las terrazas los comensales ven disgregarse al gran grupo de manifestantes: la mayoría, alumnos de las universidades Complutense, Autónoma, Politécnica y Carlos III. La noche es agradable en un Madrid que se va mostrando estéticamente iluminado. Los que comen y los que pasan de largo aún se preguntan que habrá querido decir todo aquello.
Por Alberto Guirao
Estudiante Periodismo Carlos III
fotos tomadas por miembros de la Asamblea de Estudiantes de la Carlos III de Madrid

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